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viernes, 29 de junio de 2012

El Ansiado Final del Gin Tonic



Habéis leído bien. La bebida más amariconada de este mundo empieza a palpar su triste y justo final. Justo cuando os empezaba a gustar aquello a lo que muchos llamabais hace un tiempo colonia injustamente, es decir, la ginebra. Justo cuando, guiados por las malditas modas de este mundo y más concretamente de Madrid, habíais hecho el esfuerzo de aprenderos de memoria unas cuantas marquitas de ginebra la mar de sofisticadas para soltar de manera pedante a la mínima de cambio en una conversación. Justo cuando habíais encontrado la combinación más asquerosa de pétalos de a saber qué flor o ramas de a saber qué hierba. Justo cuando guiados por el snobismo más barato e insulso creías que era “bien” pedir tónica Fever Tree y decíais captar el sabor de la flor de loto en la ginebra. Va y se acaba. Qué pena. Miento. Ya era hora por Dios. El gay tonic, mejor que gin tonic, nos ha convertido en unos plastas, y en esta vida no hay cosa peor que ser un plasta, así de claro.

Cuando a todo el mundo le da por pedir lo mismo, cuando hasta el último de los meapilas de turno se cree destilador de ginebra en la India o en el patio de su casa. Cuando el maldito pepino y los pétalos de rosa roban protagonismo a aquella transparencia tan sutilmente elegante del old gin tonic. Cuando ves carteles en garitos del estilo “Los jueves nuestro experto en gin tonics preparará…”. Cuando ya la cosa se llama Tea Tonic y hay tropezones de dudoso origen flotando en el vaso. Cuando el pelmazo de turno solo puede tomar su gay tonic en “copa de balón” y si no es así ya se toma su copa con cara de estreñido. Cuando sucede todo esto se tiene que acabar, hay que cortar de raíz porque lo siguiente es que se acabe la humanidad. Y se está acabando. El gay tonic digo, la humanidad aun no se acaba, creo.

¿Y ahora qué? Pues qué va a ser. Pues whisky. Y os voy a decir porque mola más y porque gana por goleada. 

Todos aquellos que osáis decir que sabéis tanto de gay tonics, a ver. ¿Cuánto se tarda en elaborar una ginebra de las vuestras? De esas con nombres tan sutiles como “G’ Vine Nouaison Gin” o “Fifty Pounds” o los muertos del faraón bendito destilados, me da igual. Os lo digo yo. Muy pocos días. Por su lado, un whisky mediocre… diez años. Es ese tiempo el que le da a la bebida su carácter, sus matices, esos secretos que solo el tiempo guarda. Cosas que el gin tonic no tiene ni por asomo.

El gay tonic le gusta a todo el mundo ahora, es demasiado fácil, todo el mundo puede probarlo y se creen con criterio para sentar cátedra. El whisky no. El whisky por su parte aleja a niñatos, a modernos, a gente que come sushi, a runners y a hipsters. Por tanto, es bebida de hombres de bien.

Es una bebida que requiere su momento, su tiempo, que transmite sensaciones a cada segundo que pasa, es un estado de ánimo, es seria, adulta. El whisky aporta una forma de ser. El gay tonic no. El gay tonic te convierte en un pelmazo de un gran calibre.

La última razón es sin duda la definitiva. Lo beben James Bond y Don Draper. Hombres de bien. Punto y final.


jueves, 21 de junio de 2012

Beber de Bien


Un hombre de bien bebe. Punto. Lo dije el primer día y lo diré siempre. Beber es de bien y de buen gusto. Se ponga como se ponga el personal. El sonido del hielo arañando el cristal es de otro mundo. Beber y convertirte en un plasta es de mal. Es así, ¿no o qué? Alguien dijo alguna vez que hay que desconfiar de una persona que no tenga vicios. Más razón que un santo. El que te diga que no bebe porque no necesita beber para pasárselo bien miente. Te dirá eso porque no sabe beber, que es distinto. Pero bueno, tíos moñas aparte vamos al tema. Un hombre de bien bebe, pero jamás se arrastra. Uno puede beber y acto seguido liarla, y al día siguiente pedir perdón y punto, no pasa nada, basta con no repetirlo. Pero lo que uno no puede hacer es arrastrarse (metafóricamente hablando se entiende). Dignidad, maldita sea.
Todavía  existe gente que dice que la barra es el lugar del hombre, el macho alfa en su trinchera, la barra. Ja. ¿Oís mi risa? Un hombre de bien se camufla en el medio, para eso está. El hombre de bien debe bailar, debe petar the dance floor si así el lo cree conveniente. Si toca bailar, toca bailar. Y punto. O bebe más pintas que los ingleses en Londres si se tercia, rompe más vasos de vodka que los propios rusos en Moscú. Si toca eso, toca eso señores. Hay que adaptarse aunque uno no quiera.
Conversación. Apartado tremendamente delicado. Partimos de la base de que es condenadamente odioso todos aquellos que cuando beben se creen ministros de economía, barmans, pilotos de F1 o peor aún, asistentes de cámara Billy Wilder. No, no y no. No se bebe para sentar cátedra maldita sea. Buena música, cocktails y la mejor compañía. ¿Qué más se necesita? Si hay un momento de silencio incómodo pues mano arriba y otra ronda.
¿Qué beber? Buena pregunta. Todo menos agua. El agua es para las macetas como reza la sabiduría popular. Ejemplo de buen beber (y de otras muchas cosas) es Bond. Es el claro ejemplo a seguir. Allá vamos.

Vesper. Cocktail que toma el nombre de la tía que le partió el corazón a Daniel Craig en “Casino Royale”. Tres partes de ginebra Gordon’s, dos de vodka, media medida de Kina Lillet (vermú), bien frío y con una filigrana de limón… No words.

Bourbon. En vaso bajo, un par de hielos. De un par de tragos la primera y luego se rellena y bebemos lentamente. Got it.

Champagne. Taittinger, Krug, Dom Perignon o Veuve Cliquot. Gracias al marketing ahora ya solo bebe Bollinger, mejor aún. Acompañado, solo para algunos bolsillos, de caviar. "Mira nena, hay ciertas cosas que no están permitidas, tales como beber Dom Perignon del 53 a una temperatura superior a los 4º, es tan malo como escuchar a los Beatles sin taparse los oídos" Dicho por Bond. Amén.
Vino. Bebe Chateau Angelus, del 82. No sabe nada el inglés este.

Gin tonics. De ginebra normal, nada de florituras, Gordon’s o Beefeater. Peel of lemon y chorrito de angustura. A lo old school.

Martini con vodka. El clásico. Mezclado no agitado. Uno es poco. Dos roza el peligro. Tres son un exceso imperdonable. Como reza la imagen, si algo no se puede arreglar con cinta aislante o con un martini entonces no merece la pena arreglarlo.

¿Qué más os puedo decir?Maldito Bond, James Bond.